Oda al surrealismo

Tienes de vuelo el pulso,
has sembrado las luces de astros ocultos
como quien coge un pétalo de fiebre
y lo deja en el alma.

Pusiste los labios en las hojas del libro
y arrancaste la flor del jardín alambrado
decretando la muerte de turbios ruiseñores.

Has comprendido el ansia de la estrella
que desciende a los sótanos del hombre.
Has venido a salvarnos de poetas diccionarios
con infecciones de momias y palabras masticadas,
vomitadas en los dedos
que sirven para contar sílabas
y encerrar el sentimiento en la frialdad de los números;
nos has salvado de esas arpas de lata que calumnian el arte
y quieren enterrar a la poesía en féretros de plomo.

Eres un botón en el ojal de la aurora.
Eres como los cabellos descritos por un libro
que no aparece nunca en los estantes,
como el ala de un cuento
para mirar la luz de una cigüeña.

Tu espectro flota en los aljibes del alba
y me abres horizontes para que pueda verla
caminar pasillos de crepúsculo.

Te nombro tierra,
te nombro amor o tierra y son gotas de yerba
en pupilas de una adolescente.
Te nombro como a un río y eres nube de blanca madrugada
llenando de rocío las piedras de las calles.
Te nombro luna azul y eres ventana
abierta a la voz del ensueño.

Perdido y solo canto entre la niebla
y pido que me claves una estrella en la frente
y escribas en la fiebre de mi nombre
la palabra ausencia.

Solo te pido un sueño:
que me arrojes visionario
en los mares azules del insomnio.