Poema en forma de río

I

Mira mis manos,
conocen tu rebaño de algas espinosas,
escuchan el rumor de tus nenúfares,
acarician el ala de grandes caderas
y tienen a las cinco de la tarde
una espiga de sol entre los dedos.

Mira mi cuerpo,
lo tengo deshojado de mentiras,
sólo un calzón pequeño contra el sexo
para poder andar por tus orillas que no saben moral
y huelen como axilas de mujer en peligro.

Mira mis ojos,
los tengo descubiertos
para mirar tu intacta desnudez,
para cantar la nana
que te crece en tus pechos morenos,
para dejarlos sueltos por la yerba
como corderos de aire a tu redil de hielo.

Mira mi alma,
eso que llaman alma
y estalla como un globo
cuando la muerte viene
con alfiler travieso.
Mira mi alma de cuartilla insomne
para cantar los ojos del ahogado
y tus sucios leopardos
contra el anca del pueblo,
para cantar tus muslos tan suaves
y tus largos cabellos ligeros como peces.

Me desnudo de mí en tu escenarios
que decora la lumbre de las tardes,
la fábula de plata de la luna
y las frías pupilas de los manantiales.
Me desnudo de mí y escribo sobre el agua
el mensaje de un sueño para el hombre.

II

Estoy libre
y olvido la ciudad.
Tengo un poco de yerba para tender mi alma
y el río solitario para flotar mi cuerpo.
Después de escuchar la voz del agua
caigo sobre la yerba
y miro al sol quemando mis pupilas
con el rocío que en mis pestañas
la saliva del río ha dejado.

Pido completa soledad
para seguir leyendo en el río
el sueño azul del agua.
Es importante cantar un río.
Vamos a pensar en una carta cualquiera,
en una carta de agua, de arena, de escamas,
en una sola y única carta escrita sobre un pez.

Si pensamos en ella,
si pensamos un poco en la corriente
flotará nuestra infancia en el copo de un beso.

La tarde está quemada
y sostengo en mis manos
las páginas de un río.